En tiempos de competiciones europeas, es realmente trágico tener que destacar a jugadoras por motivos extradeportivos. En los tiempos en los que vivimos, quizá por tratar de diferenciar la sección femenina de la masculina, tendemos a pensar que las jugadoras son libres de todo tipo de delito. Y sí, en muchas ocasiones es cierto. Las mujeres somos, en la mayor parte, las víctimas de este sistema. Y, por supuesto, la existencia de mujeres que perpetúan ciertos comportamientos no exime esta realidad, lo cuál debe ser recordado en todo momento.
No es la primera vez que la selección de Francia es sacudida por este tipo de polémicas. En la memoria de todos está el caso Hamraoui—un absoluto bochorno por parte del vestuario del Paris Saint-Germain, en el que Aminata Diallo fue condenada por ordenar una paliza a su compañera Kheira Hamraoui—, cuya conclusión dejó en completa evidencia a las parisinas. Pero, sin embargo, no es la polémica que se debe tratar en este momento.
Tras un enorme partido por parte de Sandy Baltimore, todos los focos por parte de los medios oficiales de la liga inglesa fueron puestos sobre su fútbol. Alabando su gran actuación contra la actual campeona, que se materializó con un gran gol. Y, fruto del desconocimiento de este caso por parte del público, toda la verdad parecía no salir a la luz. Sin llegar a ser un caso mediático, ni a cubrir portadas como otros casos, las pasadas acciones de la extrema francesa quedaron en el completo desconocimiento.
Pero, en una era en la que la información está a una búsqueda de Google de distancia, no es difícil descubrir lo que realmente oculta la figura de esta jugadora. La denuncia por parte de su ex-pareja debido al abuso doméstico y agresión debería ser motivo suficiente de apartar a la jugadora de todo tipo de competición internacional—pues, debemos apoyar a las víctimas, ¿no?, y más si cabe si se trata de otra mujer—, mas en este caso, es quizá si cabe más grave. Los tribunales han hablado, declarando culpable a la jugadora francesa y ordenando un pago de 1.500 euros a la víctima. No era su primer comportamiento violento, pues había tenido enfrentamientos con la ya mencionada Kheira Hamraoui en los vestuarios del equipo.
Después de este momento, no sólo la jugadora no tuvo ningún tipo de consecuencia en su carrera futbolística, sino fue incorporada a sus filas por parte del Chelsea. Sin entrar a valorar lo ridícula que es la cantidad de dinero a pagar por parte de una jugadora profesional, ni el escudo que está defendiendo, pues esto no se trata de clubes ni de selecciones, es un motivo de absoluta vergüenza para la imagen de una liga que pretende ser seria. Los comportamientos abusivos no deben ser permitidos en ningún tipo de circunstancias.
Por supuesto, somos conscientes de que muchas personas dirán que ya fue suficiente. Que la jugadora ya pagó por sus delitos. Que no tiene sentido remover en el pasado, que la jugadora ya aprendió de sus actos. Y, mientras puede ser cierto—creemos en la reinserción social, y ninguna persona merece ser despojada de sus derechos humanos—, es preocupante cuánto menos que su caso sea completamente invisibilizado. Que, a nivel deportivo, no tenga ningún tipo de consecuencia y sea capaz de fichar por clubes libremente. Que, a la mínima que muestra un mínimo de nivel en el gran escenario, no sólo es ocultado su comportamiento, sino glorificado por parte de la competición de la que forma parte. Es completamente hipócrita alardear de visibilidad y protección a las mujeres mientras se deja por completo de lado las vivencias de una víctima.
En las injusticias, el silencio es ser cómplice.

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